lunes, 13 de julio de 2009

Reseña de arte

La producción de Silvia Zabaljáuregui nos invita a explorar su universo interno, a ver a través de sus ojos. Se nos muestran ventanas hacia lo que en un principio es una búsqueda que se vuelca de afuera hacia adentro, y luego vira de adentro hacia afuera. De esta manera, se distinguen claramente dos caminos en su producción, dos etapas, dos nociones diferentes del entorno y sin embargo semejantes, haciendo hincapié en la interdependencia de los opuestos. La oscuridad es necesaria para valorar la luz, y es de esa oscuridad que nace la vida, por lo cual, de una forma u otra, siempre hay un foco y es la tarea del entorno construirlo y realzarlo.

Primeramente, descubrimos que su obra se encuentra vinculada con la naturaleza, especialmente frutos y flores vivaces, donde el impacto del color pondera en tamaño y luces, la observación concreta que hace de ellos. A través del lienzo empapa al espectador con imágenes desde etéreas a fuertes y definidas, en esencia cálidas. Su representación de las formas, las luces y sombras, conforman estudiadas composiciones de espontánea creatividad, mostrando así una serie de escenarios mentales, fragmentos de una mirada más inocente.

La etapa que le sucede se identifica por su carácter introspectivo, en la que predomina la figura del ojo; de un ojo nostálgico, de colores fríos y luego cálidos, que insinúa y asimismo lleva un mundo por contar. Se trata de una mirada más abarcativa, holista, hasta por momentos crítica, llamando a la reflexión por medio de elementos figurativos que evocan a lo conceptual. Los ojos se muestran como un portal, como puertas y ventanas a diversas culturas, un universo particular en el que se explora tanto el concepto de las emociones, del tiempo, de la realidad, como la fantasía.

De esta manera Silvia presenta las vivencias de un constante viaje interno. En primera instancia, nos permite volar, jugar, vivir, internarnos en su propia percepción de la flora que nos habla de sus emociones más profundas y trasparentes, para luego invitar al espectador a captar la generalidad de su mirada, mirada intima y metafísica de un universo que brota del espíritu hacia afuera. Así la artista logra delimitar dos trayectos en apariencia diferentes; dos escenarios en los que predomina la veracidad de su capacidad narrativa, y a su vez deja espacio para un insipiente desarrollo hacia nuevas percepciones.

“Arte con raíces en la tierra”

“Arte con raíces en la tierra”

Bienal de Chapingo 2008

Distrito Federal, Méjico

 

 

La percepción de la tierra como un ser vivo que late y emana la esencia misma, que se materializa y regenera en formas divinas, etéreas, colores, sensaciones, la percepción de su fuerza, de su incesante energía, la percepción de su infinitud me invita a tomar acción. La tierra me llama desde su núcleo y se exterioriza en el lienzo a través de su más pura expresión. Las flores son para mí un obsequio precioso, la grandiosidad de un corazón que explota en anhelos, trasparencias, en una cosmovisión que en su fugacidad merece ser plasmada en huellas, imágenes de diferentes matices que trascienden el tiempo y el espacio como actor de esta realidad. Y entonces me adueño de estas manifestaciones, pretendo compartir mi visión singular, esa visión libre que se vuelca en mis obras. A través de cada pincelada deseo abrir una puerta hacia la magia de la naturaleza, deseo recrear sus formas, sus líneas, su complejidad en simplicidad y de esta manera mostrar mi verdadero yo.